En cada saco hay tres números: nitrógeno, fosfato y potasio en por ciento. Dicen cuánto nutriente lleva cien gramos de producto, y solo con ellos se puede calcular cuánto hay que echar a la superficie.
La dosis se fija por el nitrógeno, que es el que empuja el crecimiento y el único que se lava con rapidez. El fosfato y el potasio van de acompañantes y aquí aparecen como cifra de control.
Qué hay detrás de los tres números
Un abono 20-5-8 aporta por cada cien gramos veinte de nitrógeno, cinco de fosfato y ocho de potasio. Quien quiera dar cinco gramos de nitrógeno por metro cuadrado esparce por tanto veinticinco gramos de producto: es pura aritmética, no un valor de experiencia.
Conviene recordar que el P y el K se declaran tradicionalmente como óxidos, P₂O₅ y K₂O, no como elemento puro. Un cinco por ciento de fosfato equivale a un 2,2 por ciento de fósforo.
Cuánto nitrógeno pide cada cosa
Un césped ornamental se apaña con veinte a treinta gramos de nitrógeno por metro cuadrado y año, repartidos en dos o tres pasadas. Las hortalizas exigentes —col, calabaza, tomate— andan por doce a dieciocho gramos por metro cuadrado y cultivo, y las aromáticas y las cebollas por debajo de cinco.
Más de seis gramos de nitrógeno de una vez rara vez tiene sentido: lo que la planta no toma se va hacia el acuífero con la primera lluvia. Dos pasadas pequeñas rinden más que una grande.