Una foto de 24 megapíxeles mide 6000 × 4000 píxeles. Impresa a 300 ppp sale a 50,8 por 33,9 centímetros, algo más grande que un A3; a 150 ppp, la misma toma cubre 101,6 por 67,7, o sea un póster de los de pared entera. El archivo no ha cambiado en nada: lo único que cambia es a cuánto papel se reparten los mismos puntos.
La cuenta es una división seguida de una multiplicación: los píxeles de un lado entre los ppp dan pulgadas, y las pulgadas por 2,54 dan centímetros. Quien decide el resultado no es la cámara, sino el número que usted escriba en la casilla de la resolución, porque ese número es una instrucción para la impresora y no una propiedad de la imagen.
De dónde salen los 300 ppp
A 300 ppp cada punto mide 25,4 dividido entre 300, es decir 0,085 milímetros. Un ojo sano distingue dos detalles separados por un ángulo de un minuto de arco, y a la distancia de lectura, unos 30 centímetros, ese ángulo equivale a 0,087 milímetros. Las dos cifras coinciden casi exactamente, y de esa coincidencia viene el estándar de los fotolibros, las revistas y cualquier cosa que se sostenga con las manos.
Por encima de 300 el ojo ya no llega y el esfuerzo se lo queda la máquina: subir a 600 ppp solo tiene sentido con dibujo de línea, tipografía fina o grabados, donde el borde de un trazo se nota aunque el detalle no se distinga. Para una fotografía, pedir 400 o 600 no mejora la copia; únicamente engorda el archivo que se manda al laboratorio.
Un póster no se mira desde treinta centímetros
Un cartel colgado en la pared se ve desde dos o tres metros. A tres metros, ese mismo minuto de arco ya cubre 0,87 milímetros, diez veces más que a la distancia de lectura, y la exigencia cae en la misma proporción: en teoría bastarían unos 30 ppp. La resolución no se elige por costumbre, se elige contra la distancia desde la que alguien va a mirar.
En la práctica las imprentas piden entre 100 y 150 ppp para gran formato, porque siempre hay quien se acerca a leer la letra pequeña. Un póster de 70 × 100 centímetros a 150 ppp necesitaría 4134 × 5906 píxeles, y una foto de 24 megapíxeles se queda a un pelo: sus 4000 píxeles repartidos en 70 centímetros salen a 145 ppp. Nadie va a notar esos cinco puntos de diferencia.
El archivo del disco no tiene ppp
Dentro de un JPEG no hay ninguna resolución de impresión, solo una rejilla de píxeles. La cifra de 72 o de 300 que enseñan los programas vive en los metadatos EXIF, una etiqueta que no toca ni un píxel: cambiarla no añade información, el archivo pesa lo mismo y en pantalla se ve idéntico. Los ppp aparecen en el momento en que alguien pulsa imprimir, y no antes.
Esa etiqueta sirve, como mucho, para que un programa de maquetación coloque la imagen con un tamaño por defecto razonable. Cuando se encarga una copia, usted elige el papel y el laboratorio rehace la cuenta desde los píxeles reales. Por eso la pregunta útil nunca es a cuántos ppp está la foto, sino cuántos píxeles tiene y qué tamaño de papel quiere usted.