El guacamole es una de las pocas recetas prehispánicas que llegó hasta hoy casi sin cambios: el nombre viene del náhuatl āhuacamōlli, salsa de aguacate. Lo que se le añade después es discutible; lo que lleva de origen no.
Se machaca, no se tritura. Una batidora rompe la fibra del aguacate y da una crema uniforme que ya no es guacamole: la gracia está en que queden trozos.
El limón no es para el sabor sino contra la oxidación, y funciona a medias. Lo que de verdad conserva el color es el aire: tapar con film pegado a la superficie hace más que cualquier truco del hueso.