La col se corta en hilos de un milímetro. En Portugal hay una máquina para eso; a mano, las hojas se enrollan apretadas y se cortan al través con el cuchillo más filoso de la casa.
El verde entra en la crema ya lista y hierve tres minutos, ni uno más. Después se pone gris, y la sopa pierde el color que le da el nombre — «caldo verde».
El aceite de oliva va crudo al plato, no a la olla. No es adorno: el aceite frío sobre la sopa caliente suelta un aroma que el hervor evapora.






