Los tomates entran maduros y sin pelar. La piel se deshace sola durante la reducción, mientras que pelados dan una masa aguada y sin cuerpo.
El aceite se echa al principio y no al final. Los tomates deben guisarse en él y no hervir en su propio jugo: de ahí depende toda la textura.
El punto se lee en el aceite: tiene que subir sobre la masa roja formando una capa aparte. Hasta que eso ocurre, el plato sigue cocinándose.