El pollo no se hierve: se infusiona. El agua sube, entra el ave, se apaga el fuego y la tapa se queda puesta. El hervor vuelve la carne fibrosa, y lo que se busca es seda.
Directo de la olla, el pollo pasa a agua con hielo. El golpe tensa la piel y cuaja debajo esa capa clara de gelatina por la que se juzga el plato.
El arroz se fríe en la grasa del pollo con ajo y jengibre y se cocina en el caldo del ave. Un arroz de agua junto a este pollo sería guarnición; aquí es la mitad de la comida.






