Todo el secreto del ratatouille está en una regla: cada verdura se fríe por su lado y solo al final se encuentran. En una olla común, la berenjena, el calabacín y el pimiento sueltan agua a la vez y se guisan en ella hasta perder la forma.
La berenjena bebe aceite al instante, y la tentación de añadir más es el error clásico: al calentarse lo devuelve. Se fríe con lo que hay y se espera.
El ratatouille está mejor templado que hirviendo, y al día siguiente mejor que recién hecho: el reposo es parte de la receta, no una sobra.
