Un shuwa de verdad se entierra en un hoyo con brasas durante un día o más. En ese tiempo la carne se deshace en hebras con solo tocarla, y ningún método rápido consigue eso.
La pasta se frota dentro de cortes que llegan al hueso y se deja toda la noche. Especias hay muchas, picante casi ninguno: lo sostienen el comino, el cilantro, la cúrcuma y la lima seca.
La versión casera es la misma pasta, la misma envoltura de hoja de plátano o papel de aluminio, y ocho horas a 130 °C. Es un atajo reconocido, y así se cocina en los pisos de Omán.