La carbonara auténtica es una emulsión de huevo, queso y grasa del guanciale, ligada con el agua de cocción. La nata no aparece en ninguna receta romana: se inventó fuera de Italia para esquivar el único paso difícil del plato.
Ese paso difícil es la temperatura. El huevo cuaja a unos 65 grados: en la sartén hirviendo sale revuelto con pasta, y en la fría, salsa cruda. De ahí los veinte segundos de espera antes de verterlo.
El agua de la pasta es el tercer ingrediente de la salsa: su almidón es lo que la vuelve brillante y la pega a cada hebra. Olvidarse de apartar una taza es quedarse sin salsa.
