La espinaca suelta muchísima agua. Se sala, se deja veinte minutos y se exprime con las manos — de un kilo sale casi un vaso de líquido que de otro modo acabaría en la masa.
Entre las hojas de filo va aceite de oliva, no mantequilla. Es un pastel griego, y el sabor del aceite se lee como un componente propio.
Las hojas de arriba se marcan antes de hornear. El vapor escapa por los cortes y la superficie sube en capas en vez de inflarse en globo y caerse.






