El ají amarillo pone el color y un picante afrutado. Se despepita, y si se quiere más suave, se hierve tres veces cambiando el agua.
La salsa espesa sobre pan remojado en leche. Nada de harina: el pan da un aterciopelado que un roux no consigue.
El plato desciende del manjar blanco español — dulce, de gallina con almendras y pan. El Perú lo volvió salado y le puso su ají.
