Antes de cocerlo, el pulpo se «asusta»: tres inmersiones de unos segundos en el agua hirviendo. La piel se tensa y ya no se despega durante la cocción.
El pulpo congelado gana al fresco: el hielo rompe las fibras y hace el trabajo de la paliza. En Galicia se congela a propósito antes de cocinarlo.
Se sirve sobre tabla de madera, no en plato. La madera absorbe la humedad sobrante y el pulpo no nada en su propio jugo: es función, no decorado.
