El cálculo tiene tres partes: cuánta energía tiene que entrar en la batería, cuánta sale por eso del enchufe y qué cuestan esos kilovatios hora. La diferencia entre las dos primeras son las pérdidas de carga, que se van en calor por el cable, el cargador y la propia batería.
En un cargador de pared rondan el diez por ciento, y en un enchufe doméstico normal bastante más. Se paga siempre la energía que sale de la red, no la que entra en la batería, así que la factura queda siempre por encima.
Por qué la duración no es proporcional
La potencia máxima solo se mantiene en una franja intermedia de carga. Por encima del ochenta por ciento el sistema de gestión la recorta con fuerza para no castigar las celdas: el último veinte por ciento puede tardar lo mismo que el sesenta anterior.
Por eso en viajes largos se carga del 10 al 80 por ciento y no hasta arriba. Este cálculo supone una potencia constante, así que sirve para esa franja y se queda optimista si se pretende llegar al cien.
En casa y fuera de casa
En España la tarifa regulada tiene tres tramos horarios, y cargar en el valle —de noche y los fines de semana— cuesta una fracción de lo que cuesta en punta. Programar la carga para la madrugada es la medida que más ahorra, y no cuesta nada.
En los postes rápidos el precio suele multiplicar por dos o tres el doméstico, y algunos operadores cobran además por ocupación pasado un tiempo. Quien carga sobre todo fuera acaba, según la tarifa, cerca del coste de un coche de gasolina eficiente.