El pago aplazado de una tarjeta es cómodo y caro. Con 3 000 euros de saldo, una TAE del 19,9 por ciento y 100 euros al mes, la devolución se alarga y los intereses rondan el 40 por ciento de lo que se debía al principio.
El motivo está en el orden: de cada cuota salen primero los intereses del mes y solo el resto amortiza. En este ejemplo, el primer mes se van casi cincuenta euros en intereses y apenas la mitad de la cuota reduce la deuda.
La trampa de la cuota mínima porcentual
Muchas tarjetas fijan la cuota mínima como un porcentaje del saldo, a menudo del uno al tres por ciento. Como el saldo baja, la cuota baja con él, y la devolución se estira durante años aunque cada mes se pague puntualmente.
Una cuota fija hace lo contrario: amortiza más cada mes, porque la parte de intereses se encoge. Por eso el paso más eficaz en una revolving en curso es congelar la cuota en lugar de dejar que baje sola.
Por qué subir la cuota ayuda tanto
Los intereses dependen del saldo, mientras que el euro de más va entero a amortizar. Pasar de 100 a 150 euros es un cincuenta por ciento más de esfuerzo, pero recorta el plazo mucho más que a la mitad y ahorra una buena parte de los intereses.
Normalmente sale aún mejor reunificar: un préstamo personal con un tipo de un solo dígito cuesta una fracción. La comparación merece la pena en cuanto el saldo tiene cuatro cifras y no va a desaparecer en unos meses.