Los transportistas no facturan el peso real, sino el mayor entre el real y el volumétrico. La razón es el espacio de carga: una caja con porexpán ocupa lo mismo que otra con herramienta, así que le cuesta lo mismo a la empresa.
El peso volumétrico sale de multiplicar largo por ancho por alto en centímetros y dividir entre un factor. En paquetería suele ser 5 000 y en carga aérea, por la regla IATA, 6 000.
A partir de qué densidad se encarece
Con divisor 5 000 la frontera está en 200 kilos por metro cúbico: por debajo se factura por volumen y por encima por peso. Una caja de 60 por 40 por 40 centímetros tiene 96 litros y un peso volumétrico de 19,2 kilos; si pesa ocho, se pagan 19,2.
El agua tiene 1 000 kilos por metro cúbico, muy por encima de esa frontera. Todo lo que pese menos de una quinta parte del agua —textil, embalaje, piezas de plástico— se factura por volumen.
El perímetro como segundo límite
Además del peso volumétrico, la paquetería mira el perímetro: el lado más largo más dos veces el ancho más dos veces el alto. Si supera el límite —habitualmente 300 centímetros—, el bulto pasa a tarifa especial.
Por eso una caja larga y plana sale a menudo más cara que una cúbica del mismo volumen. A igualdad de metros cúbicos el cubo tiene el perímetro más pequeño, y la forma del embalaje se puede cambiar más veces que el contenido.