El error más común al poner precio es dividir el objetivo anual entre las horas de un asalariado. Un autónomo no factura cuarenta horas por semana: captar clientes, hacer presupuestos, llevar la contabilidad y formarse es trabajo que nadie abona.
Por eso esta herramienta va hacia atrás: del beneficio deseado a los gastos, de ahí a las horas realmente facturables y solo entonces a la tarifa.
Cuánto tiempo es de verdad facturable
Entre el cincuenta y el setenta por ciento es la franja en la que se mueve la mayoría. Quien empieza queda por debajo, porque captar clientes ocupa más; quien tiene cartera fija puede subir, pero se vuelve vulnerable en cuanto se cae uno.
Un ochenta por ciento sostenido durante un año entero no se aguanta. Quien calcula con esa cifra se pone una tarifa demasiado baja y acaba trabajando la diferencia sin cobrarla.
Qué entra en los gastos del negocio
El puesto de trabajo, los equipos y su amortización, el software, los seguros, la gestoría, la formación, los desplazamientos y las cuotas profesionales. En un autónomo entra además la cuota mensual a la Seguridad Social, que desde el sistema de cotización por ingresos reales cambia según el tramo: no es beneficio, es un gasto.
No entran el IRPF ni el IVA. El primero recae sobre el beneficio y haría circular la cuenta; el segundo se cobra al cliente y se ingresa en Hacienda, así que nunca fue dinero propio. El beneficio que se introduce aquí es por tanto antes de impuestos.