Con los valores de partida —cartucho negro de 60 euros para 2.000 páginas, cartuchos de color de 55 euros para 1.500 y la hoja a un céntimo—, una página en blanco y negro sale a 0,04 euros y una en color a 0,15. Mil páginas con un 20 % en color cuestan 62 euros: 800 en negro a 0,04 y 200 en color a 0,15. Cambie las cifras por las de su impresora y la cuenta se rehace con ellas.
Lo que suele sorprender es el reparto. De esos 62 euros, 52 son tóner y solo 10 son papel: regatear el precio de la resma apenas mueve la factura, y la página en color, casi cuatro veces más cara que la negra, sí la mueve. Y hay un detalle que se escapa casi siempre: en cuatricromía el negro trabaja también en cada página en color, así que una página en color gasta cuatro cartuchos, no tres. Aquí se cuentan los cuatro.
El rendimiento de la caja se mide con el 5 % de la página
Las páginas que anuncia un cartucho no salen de imprimir documentos de verdad. Se miden con la norma ISO/IEC 19752 en los cartuchos negros y con la ISO/IEC 19798 en los de color, y las dos imprimen un juego de páginas normalizado cuyo recubrimiento ronda el 5 % de la superficie: una hoja de texto corriente, sin más. En cuanto aparecen tablas con fondo, un logotipo a sangre o un gráfico de barras, cada página se lleva bastante más tóner que la de la prueba, y las 2.000 páginas prometidas no llegan. Esa cifra es un techo, no una promesa.
Por eso la casilla del rendimiento es la que más conviene corregir. Apunte la fecha en que puso un cartucho nuevo, mire el contador de páginas de la impresora cuando lo cambie y traiga aquí esa cifra en lugar de la del fabricante. La diferencia no es cosmética: dejando todo lo demás igual y bajando el rendimiento del negro de 2.000 a 1.200 páginas, la página en negro pasa de 0,04 a 0,06 euros, la de color de 0,15 a 0,17, y el trabajo de mil páginas de 62 a 82 euros. Un tercio más, sin haber tocado ni un precio.
En color también se gasta negro
La cuenta que hace casi todo el mundo para una página en color es sumar los tres botes de color y parar ahí: 3 × 55 ÷ 1.500 = 0,11 euros de tóner, más el céntimo de la hoja, 0,12. Falta el negro. En cuatricromía el texto, las líneas y las sombras se imprimen con el cartucho negro, que trabaja en la página en color igual que en cualquier otra; por eso aquí la página en color son esos 0,11 más los 0,03 del negro, es decir 0,14 de tóner y 0,15 con papel. Sobre 200 páginas en color, 30 euros en lugar de 24.
El otro punto flojo está en tratar los tres colores como si se gastaran a la vez. El cálculo reparte el juego a partes iguales, que es lo que supone la norma con su documento de prueba, pero una empresa que imprime su azul corporativo en todas las cabeceras vacía el cian y el magenta mucho antes que el amarillo, y la máquina se planta cuando uno solo se acaba. Si le pasa eso, el rendimiento real del juego es el del bote que primero se agota, y ese es el número que hay que escribir. Y si su impresora lleva un único cartucho tricolor, ponga su precio dividido entre tres, porque la herramienta multiplica por tres para llegar al juego completo.
Dónde está el dinero y qué se queda fuera de la cuenta
Con los valores de partida, de los 62 euros del trabajo 52 son tóner y 10 papel: el 84 % frente al 16 %. La palanca de verdad no es la resma, es la casilla del color. Con los mismos cartuchos, mil páginas sin nada de color cuestan 40 euros; con un 20 %, 62; con la mitad en color, 95; todas en color, 150. Pasar del 20 % al 50 % encarece el trabajo en 33 euros, mientras que triplicar el precio del papel lo encarece en 20. Antes de negociar con el proveedor de papel, mire cuántas de esas páginas necesitaban color de verdad.
Lo que aquí se calcula es el consumible por página, no todo el coste de tener una impresora. Fuera quedan el tambor y el fusor de las láser, que son piezas aparte con su propio rendimiento y su propio precio; el kit de mantenimiento de las máquinas grandes; la electricidad, que en una láser se va casi entera en calentar el fusor; y la amortización del aparato, que en tiradas cortas pesa más que el tóner. En inyección de tinta hay además un gasto que ninguna norma de rendimiento recoge: las purgas de limpieza del cabezal, que tiran tinta cada vez que la máquina despierta y se llevan lo suyo en una impresora que se usa poco.