El aire solo admite una cantidad determinada de agua, y esa cantidad depende de la temperatura. A 21 grados el máximo son 18,4 gramos por metro cúbico: un treinta por ciento de humedad relativa son entonces 5,5 gramos y un cuarenta y cinco por ciento, 8,2.
Esos 2,7 gramos por metro cúbico de diferencia hay que aportarlos una vez y luego otra y otra, porque cada renovación de aire se lleva el aire húmedo y trae seco. Es esa pérdida continua la que marca el tamaño del aparato.
Por qué en invierno el aire está seco
Aire exterior a cero grados y ochenta por ciento de humedad contiene 3,9 gramos de agua por metro cúbico. Al calentarlo a 21 grados el agua sigue siendo la misma, pero la humedad relativa cae al 21 por ciento, porque el aire caliente admitiría mucha más.
El aire seco de invierno no es señal de ventilar mal, sino la consecuencia inevitable de ventilar. Quien ventila menos tiene aire más húmedo y, a la larga, moho en el muro exterior frío.
Qué humedad es saludable
Entre el cuarenta y el sesenta por ciento se considera óptimo: por debajo se resecan las mucosas y los virus aguantan más tiempo activos, y por encima crece el riesgo de moho con paredes frías. En invierno, un objetivo realista está entre el cuarenta y el cuarenta y cinco.
Humidificar por encima del sesenta por ciento en plena calefacción es arriesgado: la humedad se deposita en los puntos más fríos, y esos son los huecos de ventana y las esquinas detrás de los muebles. Un higrómetro de pocos euros es accesorio obligatorio de cualquier humidificador.